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Y LAS CHICAS SE VAN


(Imagem: www.gothling-academy.blogspot.com.br)

            A Pantaleón le gustan las mujeres de sonrisa furtiva e ideas matemáticas, como no hay muchas cerca de aquí. Le dijo su amigo Condorcito:
            - Las chicas, hay que saber mirarlas.
            - Tú hablas como si fuera profesional.
            - Soy amante de las formas, plasticidad y delirio.  
            - A mí me basta la imaginación.
            - Es modesto, por cierto.
            - Y un poco casto también.
          Pero Condorcito no juega la toalla:
            - Mira, Pantaleón, hay una fiesta en el Country Club el próximo viernes. Alicia, Rubia y  Fausta van a estar sin duda.
           - ¿Alicia, Rubia y  Fausta?
           - Sí, hombre, "las tres"...
            - No sé... no las conozco - y las mujeres...  
            - A las chichas les gusta la buena charla.
            - Las casadas y las solteras?
          - No te pierdas en la imaginación, Panta. Rubia es viuda, Fausta está soltera trás dos casamientos fracasados y Alicia busca un nuevo compañero. Hasta viernes, puede prepararte.
          Y había mucho que hacer, a empezar por los sueldos de la tienda Allmayac donde trabajaba Pantaleón - sesión de empaquetamiento.  Navidad se aproximaba y él tenía que llevar paquetes escalera arriba y tres pisos abajo. Sobre las seis iba de copas al café Tamotes y allí encontraba, siempre, su amigo Condorcito:
            - Mira "las tres" – le muestra las fotos en Instagram.  Alicia tiene siempre esa sonrisa larga; Fausta es austera pero está animadísima; y Rubia, así toda de negro, es más sexy, ¿no?
            Pantaleón hechó un vistazo en Rubia: de hecho, una rubia de treinta y pocos años, con piernas rollizas y "derrière" de Venus de Milo. Todavía no pareció enamorado:
            - Mira, Condorcito, no voy a la fiesta por las chicas; pero sí porque quiero hacer nuevos amigos que sepan jugar al ajedrez.
            - Te digo, Panta, no te escaparás de una de "las tres"...
            Dos veces más Condorcito le repitió aquella historia de "una viuda de treinta años todavía muy activa, una coleccionadora de maridos y una pin-up desesperada, dispuesta a todo".
            Pantaleón alquiló un traje apropriado, combinado con zapatos de charol negros. Quería dar buena impresión; le gustaría muchísimo encontrar alguien que supiera jugar al ajedrez. ¿A las mujeres les gusta el juego de la reina y del caballo? De salida, no olvidó los auriculares fake, que no eran para parecer moderno pero sí para no escuchar lo que sería para él la “más horrible música” del mundo.
          Las presentaciones, más que lo esperado; la charla, el inútil y el fútil en iguales proporciones. No había nadie que conocera un poco de la estrategia de Karpov o Bob Fisher. La música no era el horror absoluto, se bailaba al sonido del rock and roll; “las tres”, bueno, no se puede decir que sorprenderon el mago Pantaleón, puesto que él curió hasta el lounge y quedó a mirar el lago de los cisnes rojos. Su amigo Condorcito, borracho, andaba metido entre los pechos de Alicia.
            Una mano ligera se le posó en la espalda:
            - ¡Que suelito estás!
            Pantaleón trembló, como si fuera fustigado por un latigazo.
            - ¿Es tú el sobrio Pantaleón?
            - Si, soy yo, y tú es...
            - Fausta, amiga de Condorcito.
            - Siéntate, está más fresquito aquí.
         Fausta no se hizo rogar, se sentó de modo que sus tetas pudieran mirar Condorcito de cara y viceversa.
            Pasito para acá, pasito para allá y Pantaleón se vió con una mano dentro del décolleté de la dama. Calafrio y huida del noble Panta. Fauta le persiguió hasta los tramos de la escalera y de allí hasta la terraza, donde se dio el atraco. Pantaleó se puso desesperado ante la idea de que alguien podría verlos - y se escapó en la dirección del salón.


(Imagem: www.capablecapacity1212r.blogspot)

            Entremientes acontecía el concierto de los Crikets, banda psychobilly cuyos miembros tocaban disfrazados de zombies. La crooner llevava una ropa de muñeca extraterrestre, bailaba como loca y daba cachetes en las nalgas de una modelo de cinta liga y calzoncillos. Silbidos, humo, rock and roll... Pantaleón se puso en el clima, un trago, dos tragos, tres o cuatro más... ¿En qué pechos estaba metido Condorcito, el falso ingenuo? Nada más qué hacer sino bailar y olvidar el ajedrez... 
            Manita en la espalda, Pantaleón se volvió:
            - ¡Panta! Cómo te sientes?
            - Más o menos... ¿Dónde fuiste?
            - No hace falta. Mira, esta es Rubia!
            Ah, sí, la rubia, personalmente mucho más atrayente. Panta se arrependió de haberse desvencijado de Fausta, la morena. Rubia y su piel de cetin rosa hicieron hervir su imaginación. 
           - Me alegra que te estés divirtiendo. ¡Hasta pronto!
        ¿Hasta pronto? Condorcito, ¿cómo puedes irse ahora con esa mujer, manita  bajo la línea de la cintura? ¿Y yo, tu amigo Pantaleón?
        La música tocó más alto. Más silbilos, más tragos, ruído de gente que se lanzaba en la alberca de la cobertura. Las estrellas en el cielo y el ajedrista Pantaleón por testigo...

©
Abrão Brito Lacerda
09 10 15

            

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